Los Efectos del Bullying en el desarrollo de los niños

Mientras que el acoso puede haber sido ya ampliamente aceptado como algo inevitable en el patio de juegos de las escuelas, los efectos del bullying a largo plazo se han mantenido relativamente desconocidos para la comunidad científica. Sin embargo, un estudio publicado en el American Journal of Psychiatry que dio seguimiento a 7,700 niños británicos a lo largo de su vida, considera que el acoso puede seguir afectando a una persona hasta la edad media; lo cual contradice a los resultados de los estudios anteriores que limitaban los efectos en una persona hasta los 20 años.

El Dr. Ryu Takizawa, uno de los tres autores, escribe en el estudio: “sigue siendo un riesgo para aquellos niños que son intimidados – y especialmente para aquellos que son intimidados con más frecuencia- en un alto grado de problemas sociales, de salud, y resultados económicos casi cuatro décadas después de haber pasado por situaciones de bullying”. En otra parte del estudio se llega a la conclusión de que tanto el acoso ocasional como el frecuente se asocia con correr un mayor riesgo de sufrir depresión, ansiedad y suicidio más tarde en sus vidas.

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Se sabe que existe un vínculo en las personas que pasaron por problemas de bullying en la infancia con el hecho de presentar problemas en sus funciones cognitivas, pero como muchos eventos pueden sucederle a una persona a lo largo de 40 años, todavía queda mucho por investigar en relación con las formas específicas en las que se puede manifestar una etapa de afectación del bullying más adelante, y las razones por las cuales esto sucede.

Que la intimidación (bullying) tenga efectos a largo plazo probablemente no es nada nuevo para nadie, pero lo que es verdaderamente sorprendente es cuánto tiempo estos efectos pueden seguir afectando a una persona. Bullyingstatistics.org señala que en la escuela media (es decir, en los años de preparatoria) es la etapa en la que se producen la mayor parte de casos de bullying. Esto significa que los efectos en esta difícil etapa, pueden durar de diez a quince veces más que en el período en que ocurrieron. Como cualquier víctima de acoso escolar lo sabe, la navaja metafórica del bullying causa heridas profundas, y ese dolor se puede llevar durante años más tarde, aun cuando aquella persona que causó dichas heridas ya no está en la vida de la víctima.

Los estudios de investigación en el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano (NICHD) han demostrado que todos los que están implicados en casos de bullying, tanto víctimas como quienes ejercen el bullying tienen un mayor riesgo a sufrir depresión posteriormente en sus vidas. Curiosamente, también se encontró que las víctimas que sufren de ciber-bullying – aquellos que sufren de bullying a través de dispositivos electrónicos – tenían un riesgo aún mayor de sufrir depresión, incluso mayor que quienes ejercen el bullying o aquellos que eran tanto víctimas como agresores.

El estudio del American Journal of Psychiatry antes mencionado, también encontró una relación directa en quienes sufrieron de bullying en la infancia con alcanzar niveles educativos más bajos, mayor probabilidad de vivir en desempleo y tener un salario más bajo a los 50 comparado con sus homólogos que no fueron víctimas de bullying. Además, las víctimas que pasaron por problemas de bullying sufrieron problemas sociales, como ser menos propensos a vivir con una pareja a los 50, menos capaces de llamar a amigos durante una enfermedad, y aún menos probabilidades de mantener una vida social activa. Ellos estaban menos satisfechos con sus vidas y tenían menos esperanza para buscar satisfacción en un futuro.

Un estudio similar, publicado por la American School Health Association (Asociación Americana de Salud Escolar <ASHA> determinó que existía una relación significativa entre el acoso cibernético y una autoestima más baja que la de las víctimas que sufren de acoso en los estándares tradicionales. El Dr. Rosenberg de la Universidad de Princeton define la baja autoestima como “una actitud favorable o desfavorable para sí mismo” Si bien una relación entre la victimización y baja autoestima se ha demostrado muchas veces, este es el primer estudio que la vincula directamente con el acoso cibernético, al mismo tiempo que demuestra una falta de correlación con los que intimidan. Los acosadores cibernéticos tenían ambos niveles más altos y más bajos de autoestima en comparación con sus víctimas, lo que sugiere que el acto de acoso cibernético tenía poco o ningún efecto sobre la visión propia del acosador

‘¡YO PUEDO ARRUINAR TU VIDA! ¡PERDEDOR!’

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La intimidación (bullying) y el daño subsecuente e imborrable que causan en la salud mental de las víctimas, así como en la de los perpetradores están haciendo que sea un fuerte argumento para que sea atendido. Esto ya no puede ser visto solo como situaciones inevitables que suceden en un patio de juegos, sino como una forma grave de abuso infantil y en los efectos negativos que marcaron toda la vida de quienes lo experimentaron sin que se les diera apoyo.

Quizás la conclusión más impresionante que podemos extraer de estos estudios es que la intimidación (bullying) ya no es solo un problema asociado con los niños: Es un problema social, un problema cultural; uno con raíces que se remontan a generaciones atrás, mismas que se construyeron a partir de una red de cadenas de causa y efecto de generaciones que ahora se podrían clasificar. El lado positivo es que nos estamos acercando a la identificación de la causa que genera el dolor psicológico y emocional y que da forma a la vida de los individuos que componen nuestra sociedad. Ahora sí ya podemos empezar a tratar estas heridas de manera más directa y limitar esta naturaleza atroz que causa dichos ataques.

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